Los dos tigres

Los dos tigres

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Sin embargo, llegaron felizmente al extremo de la calle, sin que les hubiese ocurrido el menor percance, y desembocaron en la explanada, donde ya la oscuridad era menos densa.

—Allá está el río —dijo Sandokán.

—Ya oigo su rumor —contestó Yáñez. Apretaron el paso; pero no habían recorrido la mitad de la explanada, cuando de pronto cayeron el uno sobre el otro.

—¡Ah, canallas! —gritó Sandokán—. ¡Han tendido un alambre!

En aquel mismo momento, varios hombres que estaban ocultos entre las altas hierbas que crecían cerca, se precipitaron sobre los dos piratas, mientras se oía el zumbido de algo que cortaba el aire.

—¡No te levantes, Sandokán! ¡Echan los lazos! —gritó Yáñez.

Resonaron dos pistoletazos, cada uno en una dirección diferente.

Sandokán había hecho fuego precipitadamente, en el momento en que sintió que le chocaba en un hombro una bala de hierro o de plomo. Uno de los asaltantes cayó lanzando un grito, que se apagó enseguida. Sus compañeros echaron a correr en todas direcciones y desaparecieron en las sombras.

Desde los bastiones del fuerte William, un centinela gritó:

—¿Quién anda por ahí? Después, nada.


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