Los dos tigres

Los dos tigres

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Yáñez y Sandokán, temiendo que volvieran los asaltantes, no se movieron.

—Se han ido —dijo Yáñez finalmente, al no ver que volvieran a aparecer—. No son muy valientes esos thugs, querido Sandokán; eso, suponiendo que fueran realmente los estranguladores de Suyodhana. A los primeros disparos han echado a correr como conejos.

—La trampa estaba bien urdida —respondió Sandokán—. ¡Si tardamos en disparar las pistolas, nos estrangulan! Nos han hecho caer tendiendo un alambre.

—Veamos si está muerto ese bribón.

—No se mueve.

—Puede fingirse muerto.

Se levantaron, mirando en derredor y llevando un brazo en alto, por temor a sentirse atenazados en el cuello por algún lazo inesperado, y se dirigieron hacia el hombre que yacía tendido sobre la hierba. Tenía las piernas replegadas y las manos crispadas sobre la cabeza.

—Recibió el balazo en el cráneo —dijo Sandokán, al advertir la sangre que le cubría el rostro.

—¿Sería un thug?

—Kammamuri nos ha dicho que esas gentes llevan un tatuaje en el pecho.

—Llevémosle a la chalupa.

—¡Calla!

Se oyó un silbido a lo lejos, inmediatamente contestado con otro que procedía de la calle Durumtolah.


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