Los dos tigres
Los dos tigres —¡Querido Yáñez —dijo Sandokán—, a la ballenera y sin perder un solo momento!
Saltaron por encima del alambre y se dirigieron a todo correr hacia el rÃo, en tanto que resonaba un nuevo silbido entre las tinieblas.
La ballenera estaba donde la habÃan dejado, y la mitad de los hombres que la tripulaban habÃan echado pie a tierra en el muelle, con los fusiles dispuestos al menor ataque.
—Patrón —dijo el timonel al divisar a Sandokán—. ¿Han sido ustedes los que han disparado?
—SÃ, Rangany.
—Se lo dije a mis hombres: que esos disparos eran de pistolas de Mompracem. Iba a acudir a ayudarles.
—No hacÃa falta —contestó Sandokán—. ¿Ha venido alguien a rondar por aquÃ?
—No, señor.
—¡A bordo, tigres! ¡Ya es muy tarde! Ordenó que encendieran el farol de proa, y la ballenera se alejó.
Casi al mismo tiempo, un pequeño gongo, que se hallaba escondido detrás de una pinassa anclada en el muelle y tripulada por dos hombres desnudos, que parecÃan gusanos, pues llevaban el cuerpo untado de aceite de coco, se destacaba silenciosamente de la orilla, bogando sin hacer el menor ruido, a cierta distancia de la ballenera del prao.