Los dos tigres
Los dos tigres —¡Por lo menos, podremos defendemos! —dijo Sandokán, cogiendo una y montándola.
—Y bajo nuestros pies hay municiones —dijo Yáñez, que se habÃa inclinado—. ¡Bravo! ¡Bedar ha pensado en todo!
En aquel momento, decÃa el cornac:
—¡Adelante, «Djuba»! Y trota bien, si quieres doble ración de azúcar.
El elefante, que, por lo visto, se llamaba «Djuba», movió la trompa de derecha a izquierda, aspiró ruidosamente el aire, y partió a gran velocidad, haciendo retemblar el suelo bajo su enorme mole.
Pero apenas habÃa recorrido veinte pasos, cuando de entre unas matas salieron dos fogonazos, seguidos de otras tantas detonaciones y de los gritos de:
—¡Para! ¡Para!
A Sandokán, una bala le pasó silbando a pocos centÃmetros de la cabeza.
—¡Ah! ¡Canallas! —exclamó el pirata, exasperado—. ¡Fuego, amigos!
A la orden siguió una descarga; pero no se escuchó grito alguno de dolor. Probablemente, los bribones que habÃan hecho fuego, sospechando que tal vez los fugitivos llevarÃan carabinas, se habrÃan dejado caer en tierra para evitar los tiros.
—¡No te detengas, cornac! —gritó Bedar.