Los dos tigres
Los dos tigres —¡No, patrón! —contestó el conductor, dando un fuerte arponazo en el testuz del elefante.
En las tinieblas se escuchó una voz aguda:
—¡Bedar ha sido quien les ha proporcionado los medios de huir! ¡Pronto te echaremos mano!
El elefante galopaba. Con su ancho pecho derribaba incluso los árboles pequeños, pasando como un huracán a través de la espesura.
—¡Ni un caballo puede alcanzarnos! —dijo Yáñez, que se agarraba con fuerza al borde de la caja para no salir despedido—. ¡Si no afloja el elefante, dentro de una hora estaremos muy lejos!
—¿Organizarán los thugs la persecución? —preguntó Tremal-Naik, dirigiéndose a Bedar.
—Es probable —respondió el cipayo—. Pero a estas horas les llevamos una ventaja notable; además, el elefante es un corredor muy resistente.
—¿Hay elefantes en el campamento?
—Sí, varios.
—Entonces, con ellos procurarán darnos caza —dijo Sandokán.
—Naturalmente, porque con caballos no podrían alcanzarnos —contestó el cipayo—. Por ese motivo es por el que he comprado un centenar de balas con punta de cobre.
—¿Para derribar a los elefantes? —preguntó Sandokán.