Los dos tigres

Los dos tigres

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—Es cierto —dijo Yáñez—. ¡No siempre se encuentra un Bedar!

—Pero no por eso dejaremos de entrar —repuso Sandokán.

—Ni yo pienso en otra cosa —dijo el portugués—. Y si ha llegado ese perro de Suyodhana, le haremos pasar un mal cuarto de hora.

—Algo más que eso, Yáñez —añadió Sandokán—. ¡El Tigre de Malasia no piensa en dar cuartel al de la India!

—¡El Giumna! —exclamó en aquel instante Bedar. Cortaba la llanura un río bastante ancho, y el elefante se detuvo tan de repente, que por poco salen disparados los fugitivos del houdah.

—¿Lo atravesamos? —preguntó Yáñez.

—Sí, sahib —respondió el cipayo—. El junglar comienza en la otra orilla.

—¡Entonces, adelante, si es que hay por ahí algún vado!

—¡El elefante lo encontrará!

«Djuba» alargó la trompa y separó las ramas de los árboles; metió el apéndice en el río y estuvo así durante unos segundos, como buscando algo en el fondo del agua. Quería asegurarse de si estaba compuesto de fango blando o de arena.

Después de un examen que le pareció satisfactorio, entró resueltamente en el agua, bufando y soplando.


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