Los dos tigres
Los dos tigres —¡Qué valientes y qué prudentes al mismo tiempo son estos animales! —dijo Yáñez—. ¡No me cansaré de alabarlos!
El cauce se iba haciendo cada vez más profundo, y la corriente impetuosa; pero nada podĂa conmover a aquella enorme masa, tan sĂłlida como una roca.
SeguĂa avanzando y dominando con su ancho pecho los remolinos, obediente como un perrillo a las indicaciones de su conductor.
Iba ya a alcanzar la orilla opuesta, cuando los fugitivos oyeron detrás de sà barritos y gritos, y enseguida resonaron varios tiros de fusil que retumbaron en el silencio de la noche. Sandokán y Tremal-Naik lanzaron una exclamación:
—¡Nos van a dar alcance!
—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez—. ¡Esos deben de ser diablos, cuando han podido alcanzarnos tan pronto! Sin embargo, nuestro valiente elefante ha corrido como un prao con el viento de popa.
—¿Cómo es que ya están aqu� —se preguntó Sandokán—. Y no cabe duda de que son nuestros perseguidores, porque acaban de saludarnos con disparos.
—SĂ, son ellos, sahib —respondiĂł Bedar—. Montan tres elefantes, seguramente los mejores de cuantos hay en el campamento.
—Han encontrado nuestro rastro muy deprisa —dijo Tremal-Naik.