Los dos tigres

Los dos tigres

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—No era difícil de encontrar —respondió Bedar—. El sendero que abre un elefante en el bosque no se cierra tan pronto.

—¿Estamos ya, cornac?

—Sí.

«Djuba» atravesó sin novedad el río y subía la orilla, que se hallaba obstruida por espesísimos grupos de bambúes, alternados con taras y tamarindos.

Los tres elefantes que montaban los rebeldes se detuvieron en la orilla opuesta, como si buscasen otro vado más fácil.

—¡Tomemos posiciones! —exclamó Sandokán—. ¡Les daremos la batalla en el río! Bedar, detén al elefante y manda que lo escondan en cualquier espesura adónde no le alcancen las balas.

El cipayo dio algunas órdenes al cornac, en tanto que Tremal-Naik y los tigres de Mompracem se apoderaban de las carabinas y de los saquitos con las municiones. El elefante fue escondido entre una espesísima mata de bambúes; enseguida se detuvo y el cornac puso la escala.

—¡Abajo, aprisa! —dijo Sandokán—. ¡Hemos de impedirles que atraviesen el río o, de lo contrario, se nos vendrán encima lo menos treinta hombres!

Descendieron rápidamente, y después de recomendarle al cornac que no se alejase, volvieron hacia el río y se emboscaron entre las altas hierbas.


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