Los dos tigres
Los dos tigres El cipayo se les habÃa unido; asÃ, pues, eran bastantes para disputar con encarnizamiento el paso del rÃo.
—¿Serán muchos? —preguntó Yáñez a Bedar.
—Cada elefante traerá diez o doce —contestó el interpelado.
—¿Vendrá también caballerÃa? —preguntó Sandokán.
—Quizá venga; pero llegará ya tarde.
—Pero ¿por qué vacilan y no hacen que los elefantes entren en el agua?
—Esperarán a que amanezca —contestó Bedar—. Ya saben que estamos aquà y tienen la certeza de poder alcanzarnos.
—¡Asà tiraremos mejor! —dijo Sandokán—. Saca las balas revestidas de cobre. Para empezar, pondremos a los elefantes fuera de combate.
Se echaron entre las hierbas, detrás de la primera fila de árboles, para resguardarse mejor de los disparos de los adversarios, y aguardaron el ataque, seguros de que no habÃan de desalojarlos con facilidad. Yáñez habÃa encendido un cigarrillo y fumaba tranquilamente, mirando hacia la orilla opuesta. Por su parte, los hindúes que, por lo visto, ya habÃan comprobado que los fugitivos se habÃan detenido, no demostraban tener mucha prisa en atacarlos.