Los dos tigres
Los dos tigres A las cuatro, las estrellas empezaban a palidecer y se difundÃa ya una ligera luz.
—Bedar —dijo Sandokán, volviéndose hacia el cipayo—, eran tres los elefantes, ¿verdad?
—SÃ, sahib.
—¿Estás seguro de no haberte equivocado?
—Seguro; eran tres.
—Entonces, ¿a dónde se ha ido uno de ellos, que ahora no veo más que dos?
—Tienes razón, ahora no se ven más que dos —dijo Yáñez—. Lo habrán enviado en busca de refuerzos.
—O le tendrán de reserva, escondido entre los árboles —dijo Tremal-Naik.
—Eso me inquieta —respondió Sandokán—. Hubiera preferido que ese elefante estuviera también ahà enfrente.
—¡Atención! —dijo el cipayo—. ¡Avanzan para forzar el paso!
Los dos elefantes, que eran dos animales colosales, descendÃan en este momento hacia la orilla, excitados por los gritos de sus cornacs. En los houdahs iban diez hombres, y detrás, acurrucados, otros cuatro. Eran, por lo tanto, treinta hombres; número muy respetable, pero no temible para los tigres de Mompracem, acostumbrados a luchar siempre con enemigos mucho más numerosos que ellos.