Los dos tigres

Los dos tigres

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Sandokán había vuelto a cargar la carabina; apuntó al segundo, que había quedado al descubierto, y le hizo dar un barrito terrible.

—¡También he tocado a ese! —dijo—. ¡Continuemos hasta que se caigan!

A pesar del fuego continuado de los tigres de Mompracem, los hindúes resistían tenazmente, disparando entre los árboles, aunque sin lograr su objetivo, ya que los piratas se cuidaban mucho de no quedar al descubierto. Descargaban las carabinas y se dejaban caer entre las altas hierbas haciéndose invisibles, hasta que, una vez cargadas de nuevo las armas, las utilizaban con toda precisión y seguridad.

A pesar de que estaba perdiendo mucha sangre, el primer elefante logró llegar a la mitad del río, cuando, de pronto, una bala de Yáñez le hirió en el cuello, penetrándole, sin duda, muy adentro, porque el pobre paquidermo, ya debilitado, comenzó a retroceder, lanzando ensordecedores lamentos.

—¡Buen tiro, Yáñez! —exclamó Sandokán—. Le has puesto fuera de combate y caerá muy pronto.

—¡Dale el golpe de gracia! —dijo el portugués.

—¡Estoy apuntándole!

Sandokán se descubrió un momento, e hizo fuego a unos ochenta metros de distancia.


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