Los dos tigres

Los dos tigres

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—Hacer el sacrificio de la cabra en honor de Kali-Ghat, puesto que hoy es el día de su festividad —contestó el manti, también en inglés.

—Nosotros no somos hindúes.

El viejo entrecerró los ojos e hizo un gesto de sorpresa.

—Entonces, ¿qué sois?

—No te preocupes por quiénes somos.

—¿Venís de muy lejos?

—Tal vez.

—Realizaré el sacrificio para que regreséis felizmente. Ninguna tripulación, aunque sea extranjera, se niega a la ceremonia de un manti, que puede lanzar maleficios sobre quienes lo rehúsen. Preguntádselo al policía que me acompaña.

—¡Bueno, termina! —dijo Sandokán. El viejo llevaba consigo un cabritillo completamente negro y una bolsa de piel, de la cual extrajo un recipiente que contenía una grasa semejante a la manteca y dos pedacitos de madera, uno plano por un lado con un agujero en medio, y el otro más delgado y en forma de cuña.

—Son de madera sagrada —dijo el manti, enseñándoselos a Sandokán y a Yáñez, que observaban con curiosidad los movimientos del viejo.

Metió la cuña en el agujero de la madera plana y, por medio de una pequeña correa, los hizo girar vertiginosamente.


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