Los dos tigres

Los dos tigres

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—Va a encender fuego —dijo Sandokán.

—El fuego sagrado para el sacrificio —dijo, sonriendo, Yáñez—. ¡Cuántas supersticiones y creencias extrañas hay entre estos hindúes!

A los pocos instantes se hizo la llama en el agujero, y ambos trozos de madera comenzaron a arder.

El manti giró con lentitud sobre sí mismo e hizo cuatro genuflexiones hacia los cuatro puntos cardinales, mientras recitaba con voz solemne:

—Luces de la India, de Saurga y de Agui, que ilumináis la tierra y el cielo, alumbrad la sangre del holocausto que ofrezco a Kali-Ghat, y no la de los nombres que aquí veo.

Cruzó las dos maderitas sagradas, dejando que se carbonizasen; luego, las puso sobre una plancha de cobre, y vertió encima de ellas un poco de la manteca que llevaba en el recipiente.

Se reavivó la llama y el viejo cogió al cabritillo, sacó un cuchillo de la bolsa y de un solo tajo lo decapitó, haciendo que cayese la sangre sobre el fuego.

Cuando la sangre hubo dejado de caer y se apagó la llama, recogió las ensangrentadas cenizas, se hizo un signo con ellas en la barba y en la frente, y acercándose a Sandokán y a Yáñez, les marcó asimismo la frente, diciendo:


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