Los dos tigres
Los dos tigres —Ahora ya podéis marchar a vuestro lejano paÃs sin temor a las tempestades, porque están con vosotros los espÃritus de Agui, y el poder de Kali-Ghat.
—¿Has concluido? —le preguntó Sandokán, alargándole algunas rupias.
—SÃ, sahib[13] —contestó el viejo, mirando fijamente a Sandokán, con unos ojos que despedÃan extraños fulgores—. ¿Cuándo os marcharéis?
—Esta es la segunda vez que me haces preguntas —replicó Sandokán—. ¿Por qué te interesa saberlo?
—Es una pregunta que hago siempre a todas las tripulaciones de los barcos. Adiós, sahib, y que Shiva una su poderosa protección a la de Agui y Kali-Ghat.
Después de coger su cabritillo, descendió a la gonga, donde continuaba esperándole el policÃa indÃgena, que fumaba tranquilamente un cigarrillo de palma, sentado en la proa.
La pequeña embarcación se apartó de la escalera; pero en lugar de bajar por el rÃo, en donde habÃa otros muchos buques, fue en dirección contraria, pasando bajo la popa del prao, Sandokán y Yáñez, que le seguÃan con la mirada, vieron con sorpresa que el manti, dejando un momento los remos, se volvÃa para mirar hacia el coronamiento de popa, en donde brillaba, con letras de oro, el nombre del barco; hecho esto, volvió a empuñar los remos y se alejó velozmente, desapareciendo entre la multitud de veleros que llenaban el rÃo.