Los dos tigres
Los dos tigres Sandokán y Yáñez se miraron mutuamente, como si una misma sospecha les hubiese cruzado por el cerebro.
—¿Qué opinas tú de ese viejo? —preguntó Sandokán.
—Creo que esa estúpida ceremonia ha sido un pretexto para subir a bordo y enterarse de quiénes somos —contestó el portugués, que parecÃa muy turbado.
—Yo pienso lo mismo.
—¿Nos habrán engañado, Sandokán?
—No puedo imaginar que los thugs sepan que somos amigos de Tremal-Naik y que hemos venido a ayudarle a recobrar a la pequeña Damna. ¡SerÃan demonios o hechiceros esos hombres, si pudieran saber tal cosa!
—No sé qué decirte —contestó Yáñez, pensativamente—. Esperemos a que venga Kammamuri.
—Me parece que estás inquieto, Yáñez.
—Tengo motivos. Si los thugs conocen ya nuestras intenciones y la razón de nuestro viaje, se me figura que van a darnos mucho que hacer esos terribles adversarios.
—Tal vez nos inquietamos sin necesidad —dijo Sandokán—. Ese manti puede ser un pobre diablo que busque el medio de ganar algunas rupias con sus sacrificios más o menos farsantes.
—No obstante, su interés en preguntarnos y la mirada que ha dirigido al nombre de nuestro barco me han llamado poderosamente la atención.