Los dos tigres
Los dos tigres Sin pronunciar una sola palabra, apuntó al Tigre de Malasia e hizo fuego sobre él a tres pasos de distancia, pero la rapidez con que apuntó le hizo fallar el blanco.
—¡Ah! ¿Además, traidor? —gritó el pirata, dejando la carabina y desenvainando el largo puñal que llevaba en la faja—. ¡Podría asesinarte, pero prefiero luchar!
Suyodhana dio un salto de tigre y se colocó delante de la puerta que daba paso a la habitación, en la cual debía dormir la pequeña Damna, gritando:
—¡Será preciso que paséis sobre mi cuerpo! En su mano derecha brillaba una especie de tarwar de hoja ligeramente curva, y casi tan larga como la del puñal de Sandokán.
—¡Que nadie interrumpa la lucha de los dos Tigres! —dijo el pirata—. ¡Vamos, Suyodhana!
—¡Primero, tú; después, Sirdar! —contestó el jefe de los thugs con voz sombría—. ¡Ese traidor no se librará del castigo!
Los dos adversarios se pusieron en guardia, recogidos sobre sí mismos como las fieras cuyos nombres llevaban, dispuestos a saltar, y con el brazo izquierdo replegado sobre el pecho de modo que cubriese el corazón. Los dos levantaron los puñales a la altura del rostro.
Durante unos segundos reinó en la estancia un profundo silencio.