Los dos tigres
Los dos tigres Cogieron las carabinas y bajaron corriendo las escaleras. Detrás del palacete se extendÃa un amplio patio que limitaba con dos jardines.
—¡Saltemos los muros y escondámonos entre las plantas! —dijo Sandokán—. Dejemos que pase la caballerÃa.
Iban a saltar, cuando de pronto se hundió la puerta y una oleada de fugitivos, mujeres y niños en su mayor parte, se precipitó dentro, lanzando gritos desesperados.
—¡Ya no tenemos tiempo! —exclamó Sandokán, echando mano a la carabina—. Este sà que es un aprieto de difÃcil salida.
Siete u ocho soldados de caballerÃa, con los sables ensangrentados hasta la empuñadura, penetraron también aullando.
—¡Mata! ¡Mata!
Sandokán, dando un enorme salto, se puso delante de los fugitivos, que se habÃan amontonado en un ángulo del patio, llorando y gritando, y apuntó la carabina hacia los soldados, que se disponÃan a acuchillar a aquellos desgraciados.
—¡Quietos, bribones! —exclamó—. ¡Deshonráis al ejército inglés! ¡Quietos u os fusilamos como a fieras!