Los dos tigres

Los dos tigres

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Tremal-Naik confió la pequeñita a Sirdar, y junto con Yáñez, se colocó al lado de Sandokán, empuñando ambos los fusiles.

—¡Pronto, barred a esos miserables! —gritó el sargento que mandaba el pelotón.

—¡Cuidado! —dijo Sandokán—. ¡Tenemos un salvoconducto del gobernador de Bengala, y si no obedeces, nos defenderemos!

—¡A ellos! ¡Cargad! —ordenó el sargento, sin hacer caso.

Iban a lanzar los caballos, cuando un oficial, seguido de una docena de soldados de caballería, entre los cuales iban algunos de color, entró en el patio gritando:

—¡Quietos todos!

Era el teniente De Lussac, que llegaba a escape con los malayos que habían quedado en el bungalow.

Saltó a tierra, dio un apretón de manos a Sandokán y a sus amigos, y, volviéndose hacia el sargento, le dijo:

—¡Vete! Estos hombres han prestado a tu país un servicio tan valioso, que no hay nada con qué pagarles. ¡Vete, y acuérdate que es de viles y de cobardes asesinar mujeres!

Y mientras el sargento salía con el pelotón precipitadamente, mandó a sus hombres que cerraran la puerta, y dijo:


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