Los dos tigres
Los dos tigres Los tigres de Mompracem y Kammamuri apretaron el paso para no perder de vista al manti.
No tenían la intención de asaltarle enseguida, pues aún se hallaban muy cerca de la plaza. Podía gritar y quizá acudiría la gente; tal vez los propios sectarios portadores de la estatua de Kali, que probablemente aún no se habían alejado de la pagoda.
El manti apretaba el paso; pero también sus seguidores ganaban terreno rápidamente.
Cuando ya se hallaban a unos doscientos o trescientos pasos de la pagoda, de una calleja lateral salieron de improviso unas cuantas bayaderas con cimbales y largas fajas en las manos; iban escoltadas por dos muchachos que llevaban sendas antorchas.
En conjunto eran unas treinta, todas ellas jóvenes y hermosas, de ojos de fuego, con largos cabellos negros ondulados, que les caían sobre los hombros y espaldas; iban vestidas con transparentes velos y adornadas con collares y brazaletes de color.
Con una mano agitaban una especie de pandereta, y con la otra desplegaban rapidísimamente al aire las fajas de seda.
Aquellas muchachas, que parecían poseídas de una loca alegría, rodearon en un abrir y cerrar de ojos a los cuatro hombres, bailando y saltando como un torbellino en torno a ellos, agitando siempre en alto las fajas, como si quisieran impedir que viesen al manti.