Los dos tigres
Los dos tigres Sandokán les gritó:
—¡Dejad paso, muchachas! ¡Tenemos prisa!
Las bayaderas contestaron con una ruidosa carcajada y, en vez de obedecer, se acercaron más a los tigres de Mompracem y a Kammamuri, envolviéndolos de tal forma, que les impedÃan dar un solo paso.
—¡Despejad! —tronó Sandokán, que empezaba a perder la paciencia y que ya no veÃa al manti a través de la nube de fajas que hacÃan revolotear las bailarinas.
—¡Romped el cerco o se nos escapa ese bribón! —gritó Yáñez—. ¡Estas muchachas intentan salvarle!
En el momento en que iban a lanzarse sobre las bayaderas, vieron que estas se agachaban dejando caer las fajas, mientras que unos diez o doce hombres hacÃan voltear en el aire los lazos y los pañuelos de seda negra, con la bala de plomo de los thugs en las puntas.
Sandokán dio un grito de furor:
—¡Los thugs! ¡A ellos, por Alá!
Con la rapidez de un relámpago, echó mano a una cimitarra que llevaba al cinto, y empuñó una pistola de dos cañones.
Cortó tres o cuatro lazos que iban a caerle encima, y enseguida descargó a quemarropa los dos tiros contra los hombres que tenÃa delante, tumbando a dos de ellos al suelo.