Los dos tigres

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Al mismo tiempo, Yáñez, Sambigliong y Kammamuri, repuestos ya de la sorpresa, empuñaron a su vez las cimitarras e hicieron otra descarga.

Los thugs no opusieron resistencia. Después de haber fracasado en su intento, se desbandaron ante aquel rápido tiroteo, huyendo a todo correr, así como las bayaderas, que no les iban a la zaga.

Sobre la callejuela quedaron cuatro muertos y una de las antorchas, que había tirado un muchacho de los que escoltaban a las bailarinas.

—¡Vaya! —exclamó Sandokán—. ¡Nos la han jugado una vez más! ¡Y entre tanto, el manti ha desaparecido!

—¡Una bonita emboscada, a fe mía! —dijo Yáñez, volviendo a colocar tranquilamente las armas en la faja—. ¡No creía que esas muchachas tan bellas estuviesen aliadas con esos bribones de estranguladores! ¡Las muy tunas hacían revolotear las fajas para que no pudiésemos ver a los thugs, que, mientras, se nos iban echando encima! ¡Vamos; la aventura es cómica!

—Y por poco termina de un modo trágico, mi querido Yáñez. A mí me han alcanzado dos veces en el cuello con las balas de plomo, y pensé que iban a estrangularme de un momento a otro. ¿Qué dices de esto, Kammamuri?

—Digo que el manti ha sabido escurrirse de nuestras manos.


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