Los dos tigres
Los dos tigres —¡No es tonto ese viejo!
—¿Y si le siguiésemos? —dijo Sambigliong.
—Quizá no esté lejos.
—¡Quién sabe dónde se habrá escondido a estas horas! ¡Vamos, hemos perdido la partida, y no nos queda otro remedio que volver a nuestro prao! —dijo Sandokán.
—SÃ, vámonos a dormir —añadió Yáñez.
—¡Oh! ¡Ya encontraremos a ese viejo zorro! —dijo el Tigre de Malasia, apretando los puños—. Nos hace falta ese hombre, y más ahora, que sabemos con toda seguridad que es un thug. ¡Yo le aseguro que no nos alejaremos de Calcuta hasta que le hayamos cocido!
—¡En marcha, Sandokán! No nos conviene permanecer aquÃ; los thugs podrÃan volver a la carga y tendernos otra celada.
Sandokán recogió del suelo la antorcha que habÃa tirado en su huida uno de los muchachos, y que todavÃa se hallaba encendida. Dio un paso para marchar, pero se detuvo al oÃr un gemido.
—¡Aquà hay algún thug que rematar! —dijo, echando mano a la cimitarra.
—O que recoger, que será mejor —dijo Yáñez—. Un prisionero nos será de gran utilidad.
—¡Es cierto, amigo mÃo!
De nuevo volvió a oÃrse un gemido.