Los dos tigres
Los dos tigres ProcedÃa del ángulo de la calleja lateral, por donde habÃan aparecido las bayaderas.
Sandokán se volvió a Kammamuri y Sambigliong, diciéndoles:
—Quedaos aquà vigilando y cargad las pistolas. Seguido de Yáñez, se dirigió a la calleja y vio, caÃda en tierra y apoyada en la pared de una casa, a una bayadera que hacÃa vanos esfuerzos para levantarse.
Era una joven bellÃsima, de color ligeramente bronceado, facciones dulces y finas, grandes ojos muy negros y largos cabellos trenzados con flores de tela y cintas de seda azul.
Su cuerpo, fino y flexible como un junco y exquisitamente modelado, estaba cubierto por un magnÃfico traje de seda color de rosa con guarniciones de perlas, y terminaba en un par de pantalones que le ceñÃan los tobillos.
La pobre muchacha debÃa de estar herida de bala en el pecho, porque en el finÃsimo justillo de madera dorada que le ceñÃa el busto, se veÃa una mancha de sangre.
Al ver aparecer a los dos tigres de Mompracem, la joven se tapó la cara con una mano y murmuró:
—¡Perdón!