Los dos tigres
Los dos tigres —¡Ah! ¡Qué hermosa muchacha! —exclamó Yáñez, impresionado por la gracia y la dulce expresión de aquel rostro—. ¡Esos thugs son muy afortunados; tienen unas bailarinas muy lindas!
—No tengas miedo —dijo Sandokán, inclinándose sobre la bayadera y acercando la antorcha para verla mejor—. ¡Nosotros no matamos mujeres! ¿En dónde estás herida?
—¡AquÃ…, en el pecho…, sahib!… ¡Una bala!…
—Vamos a ver: nosotros también entendemos de heridas, y cuando es preciso sabemos curarlas, quizá mejor que vuestros curanderos.
En efecto, en el costado derecho tenÃa una herida de bala. Por fortuna, habÃa pasado rozando una costilla, produciéndole un desgarramiento, más doloroso que grave.
—Niña mÃa —dijo Sandokán—, dentro de ocho dÃas puedes estar curada. Lo único que hay que hacer es contener la sangre, que brota en abundancia.
Sacó de su bolsillo un finÃsimo pañuelo de hilo, y lo ató fuertemente alrededor del pecho de la bailarina. Luego la incorporó, diciendo:
—Por ahora basta con esto. ¿Adónde quieres que te llevemos? Nosotros no somos amigos de los thugs, y creo que ellos no vendrán a recogerte.