Los dos tigres

Los dos tigres

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La joven no contestó. Sus bellos ojos miraban alternativamente a Sandokán y a Yáñez, tal vez asombrada de que aquellos dos hombres la curasen, cuando ella había procurado perderlos.

—¡Contesta! —dijo Sandokán—. Tú tendrás casa, familia, alguien que se interese por ti.

—¡Llévame contigo, sahib! —dijo por fin la bayadera con voz temblorosa—. ¡No me conduzcáis otra vez con los thugs! ¡Esos hombres me dan miedo!

—Sandokán —dijo Yáñez, que no había apartado la vista de la bailarina ni un solo momento—, esta muchacha puede sernos útil; quizá nos comunique algo interesante. ¡Llevémosla a bordo del Mariana!

—Tienes razón. ¡Sambigliong!

—¡Aquí estoy, mi capitán! —contestó el malayo, acudiendo inmediatamente.

—Coge a esta muchacha y síguenos. Ten cuidado, porque está herida en el pecho.

El malayo cogió entre sus poderosos brazos a la bailarina, haciéndole descansar la cabeza en su pecho.

—¡Vámonos! —dijo Sandokán, volviendo a coger la antorcha—. ¡Las pistolas en la mano y los ojos bien abiertos!

Cruzaron varias calles y callejones sin encontrar a nadie en su camino, y a eso de la una de la madrugada llegaron a la orilla del río.


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