Los dos tigres

Los dos tigres

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A pocos pasos de distancia estaba la ballenera, guardada por los malayos.

Sandokán ordenó que la bailarina fuese colocada en la popa; luego puso la antorcha en la proa y dio la señal de partir.

Yáñez se había sentado en la última banca, frente a la joven, a la que contemplaba con gran atención, admirando involuntariamente la belleza de aquel rostro y la brillante y profunda luz de sus negrísimos ojos.

—¡Por Júpiter! —murmuró—. ¡No he visto jamás una muchacha tan hermosa! ¿Que habrá pasado para que se encontrase en poder de esos sanguinarios fanáticos?

Sandokán, como si hubiese adivinado los pensamientos de su amigo, se volvió hacia la muchacha, que iba sentada a su lado.

—¿Eres tú también una adoradora de Kali? —le preguntó.

La bayadera movió la cabeza, sonriendo tristemente.

—Entonces, ¿cómo es que estabas con esos bribones?

—Me compraron cuando quedó destruida mi familia —contestó la bailarina.

—¿Para hacer de ti una bayadera?

—Sí, porque hacen falta bailarinas en las ceremonias religiosas.


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