Los dos tigres
Los dos tigres —Es verdad, ¡son terribles! —dijo la muchacha—. ¡No son más que unos asesinos!
—Dime, entonces, quién es ese manti.
—Es el alma condenada del jefe de los thugs.
—¡De Suyodhana! —exclamaron a un tiempo Yáñez y Sandokán.
—¿Le conocen ustedes?
—No, pero esperamos conocerle muy pronto —dijo Sandokán—. Yáñez, ese hombre nos es ahora más necesario que nunca, y no iremos a los Sunderbunds sin antes haberle hecho prisionero. Ese viejo hablará, yo te lo aseguro, aunque tuviera que aplicarle el tormento para que confiese.
La bayadera miraba al Tigre de Malasia con espanto, pero al propio tiempo con profunda admiración, y se preguntaba interiormente cómo se atreverÃa aquel hombre a desafiar el formidable poder de los sectarios de Kali.
—Sà —dijo Yáñez—, nos hace falta ese hombre Pero tú, muchacha, ¿no puedes decirnos dónde tienen los thugs su madriguera? Dicen por ahà que han vuelto a los subterráneos de Raimangal. ¿Es cierto eso?
—Lo ignoro, sahib blanco —respondió la bayadera—. He oÃdo decir que habÃa vuelto el Padre de las sagradas aguas del Ganges; pero no sé dónde pueda estar, si en las espesuras de los Sunderbunds o en otra parte.