Los dos tigres

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Este detalle le había llamado la atención a Tremal-Naik, que por su calidad de indio y, sobre todo, de bengalas, conocía mejor que nadie a las bailarinas de su país.

—Esta muchacha —había dicho a Yáñez y a Sandokán— debe de haber pertenecido a una casta elevada; lo indican la finura de sus facciones, su color casi blanco y el poco tamaño de sus manos y sus pies.

—Procuraré averiguarlo —respondió Yáñez—. Debe de haber en su vida alguna historia interesante.

Al mediodía, mientras Sandokán y Tremal-Naik escogían los hombres que debían tomar parte en la expedición, Yáñez descendió al camarote para visitar a la herida.

La muchacha no parecía experimentar ya dolor alguno. Se hallaba tendida en una cómoda y blanda poltrona, y parecía estar sumergida en un dulce sueño, a juzgar por la sonrisa de sus labios y la dulzura de su expresión.

Cuando se dio cuenta de la aparición del sahib blanco, se incorporó, apoyándose en el respaldo, y le dirigió una penetrante mirada.

—Me produce un gran placer verle, sahib blanco —dijo, con voz melodiosa—. A ti, más que al sahib bronceado, te debo la libertad y quizá también la vida.


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