Los dos tigres
Los dos tigres —El sahib bronceado, como tú le llamas, es muy bueno —contestó Yáñez, sonriendo—; quizá mucho mejor que yo. La libertad y la vida nos las debes a los dos. ¿Cómo va esa herida, muchacha?
—Sahib, desde que tus manos le han aplicado las medicinas, ya no me duele en absoluto.
—¿Sabes que todavÃa no nos has dicho cómo te llamas? —dijo Yáñez.
—¿Quieres saber mi nombre, sahib? —preguntó la bayadera—. Me llamo Surama.
—¿Eres de Bengala?
—No, sahib. Soy asamita, de Goalpara.
—¿No has dicho que tu familia habÃa desaparecido?
La frente de la muchacha se nubló al oÃr estas palabras y a sus ojos asomó una profunda tristeza.
Permaneció unos instantes en silencio y después dijo, con voz sombrÃa:
—¡Es cierto!
—¿La destruyeron los thugs?
—No.
—¿Los ingleses?
Surama movió la cabeza y contestó, con voz más triste aún:
—Mi padre era tÃo del rajá de Goalpara y señor de una tribu de guerreros.