Los dos tigres
Los dos tigres —Pero eso no me explica quién ha sido el que ha acabado con tu familia.
—El rajá —contestó Surama—, en uno de sus momentos de locura.
Volvió a quedarse silenciosa, como esperando alguna otra pregunta del sahib blanco, y luego prosiguió:
—Cuando sucedió esto yo era una niña de ocho años, y, sin embargo, todavÃa recuerdo la terrible escena como si hubiera acontecido ayer. Mà padre, asà como todos los demás parientes, se hizo sospechoso para su sobrino el rajá, a quien se le habÃa metido en la cabeza que se habÃan conjurado contra él para quitarle la corona y repartirse las inmensas riquezas que poseÃa. Por ese motivo mi padre vivÃa lejos de la Corte, en sus abruptas montañas.
»Por entonces corrÃa la voz de que el rajá, entregado a todos los vicios y en continua borrachera, cometÃa con frecuencia verdaderas atrocidades con sus criados y con sus propios parientes que vivÃan en la Corte.
»Recuerdo que mi padre me contó que aquel monstruo habÃa asesinado a su primer ministro, por el simple hecho de haber intentado impedirle que degollase a un servidor que, sin darse cuenta, habÃa dejado caer una gota de vino sobre su ropa.
—¡Vamos, que debÃa ser una especie de Nerón! —dijo Yáñez, que la escuchaba con mucho interés.