Los dos tigres
Los dos tigres »Fui corriendo hacia una terraza, desde la cual se veía el patio de honor del palacio, y entonces presencié una escena horrible que aunque viviese mil años no podría olvidar.
La joven se interrumpió, como si de repente le hubiese fallado la voz, y se quedó mirando a Yáñez con los ojos dilatados por el terror.
Un temblor convulsivo agitaba su cuerpo, y sollozos ahogados se escapaban de sus labios.
—¡Continúa, muchacha! —le dijo Yáñez, dulcemente.
—Han pasado cinco años —prosiguió Surama, al cabo de algunos momentos—, y, sin embargo, durante mis insomnios se me representa aquella escena aterradora como si la estuviese presenciando.
»El rajá estaba de pie sobre una pequeña terraza; tenía los ojos desorbitados y las facciones descompuestas; llevaba en las manos una carabina, todavía humeante, y estaba rodeado por sus ministros, que sin cesar le daban a beber no sé qué infernal bebida, mientras por el patio huían, llenos de terror, hombres y mujeres, lanzando horribles gritos: aquellas gentes eran los parientes del príncipe.
»El miserable había mandado cerrar las puertas del patio de honor, y los fusilaba casi a quemarropa, gritando como un loco: