Los horrores de la Siberia
Los horrores de la Siberia AQUEL refugio, descubierto tan oportunamente, era una caverna natural abierta en los flancos de la pared granÃtica de la roca.
ParecÃa enorme, porque la luz del farol no alcanzaba a la pared opuesta, ni tampoco a la bóveda. Varias galerÃas partÃan de aquel primer salón circular, dirigiéndose hacia el interior.
La entrada, que formaba un arco casi perfecto, era tan amplia, que permitÃa el acceso a cuatro caballos de frente, por lo que el cochero no habÃa encontrado dificultad alguna en introducir la troika.
Los viajeros se consideraron poco seguros en aquel asilo por lo enorme de su entrada, que era difÃcil de defender, por lo que decidieron amontonar las muchas piedras por allà esparcidas y formar una barricada de difÃcil acceso.
—A pesar de la barricada, no podremos permanecer aquà mucho tiempo —dijo MarÃa.
—¿Por qué, señora?
—¿Te olvidas de los cosacos? Cuando se les pase la embriaguez nos seguirán furiosos y dispuestos a todo.
—Es verdad —contestó el polaco—. Hemos cometido una imprudencia imperdonable.
—¿Cuál?
