Los horrores de la Siberia

Los horrores de la Siberia

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CAPITULO XXI

ENTRE LOBOS Y OSOS

AQUEL refugio, descubierto tan oportunamente, era una caverna natural abierta en los flancos de la pared granítica de la roca.

Parecía enorme, porque la luz del farol no alcanzaba a la pared opuesta, ni tampoco a la bóveda. Varias galerías partían de aquel primer salón circular, dirigiéndose hacia el interior.

La entrada, que formaba un arco casi perfecto, era tan amplia, que permitía el acceso a cuatro caballos de frente, por lo que el cochero no había encontrado dificultad alguna en introducir la troika.

Los viajeros se consideraron poco seguros en aquel asilo por lo enorme de su entrada, que era difícil de defender, por lo que decidieron amontonar las muchas piedras por allí esparcidas y formar una barricada de difícil acceso.

—A pesar de la barricada, no podremos permanecer aquí mucho tiempo —dijo María.

—¿Por qué, señora?

—¿Te olvidas de los cosacos? Cuando se les pase la embriaguez nos seguirán furiosos y dispuestos a todo.

—Es verdad —contestó el polaco—. Hemos cometido una imprudencia imperdonable.

—¿Cuál?


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