Los horrores de la Siberia

Los horrores de la Siberia

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CAPITULO VII

UNA CONFIDENCIA SECRETA

EL viejo Bogadoroff era, en efecto, uno de esos peregrinos que emprenden extraordinarios y prolongados viajes que casi siempre duran años, sin más objeto que el de postular para dotar a su pueblo natal de un templo más o menos modesto.

Cuando en un punto cualquiera de Rusia se funda un pueblo nuevo, la colonia que en él se establece, y que está siempre compuesta de gentes devotas, elige el más robusto y ágil de sus hombres y le da el encargo de que salga a pedir limosna para reunir lo necesario para levantar la iglesia.

El peregrino sale, en efecto, con un bastón por toda arma de defensa. Y pasa un año, y, otro, y otro, atravesando montes, valles, ríos, estepas y pueblos, viviendo de la caridad y aumentando siempre el contenido del bolso donde deposita el dinero para la iglesia.

Al fin, un día, sus convecinos le ven aparecer, viejo y abrumado por las fatigas, pero portador de la suma necesaria para la erección del templo.

Uno de estos peregrinos era el viejo Bogadoroff, quien, no encontrando refugio alguno en aquellas cercanías, había decidido pasar allí la noche al amor de una hoguera que encendió.

Los cosacos ataron sus caballos a los troncos de los árboles y dividieron sus provisiones entre el peregrino y los prisioneros.


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