Los Misterios de la jungla negra

Los Misterios de la jungla negra

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Separó un poco los bambúes y miró hacia el norte. A cuatrocientos pasos de distancia descubrió la cabaña y junto a ella a Tremal-Naik en pie con la carabina en la mano.

—¡Ah! —exclamó el miserable—. No será fácil matarlo, pero Manciadi es más astuto que un cazador de serpientes.

Reemprendió su carrera hacia el este trotando furiosamente durante seis o siete minutos y luego se lanzó a la llanura. La cabaña quedaba a su derecha y Tremal-Naik le mostraba un costado. Con un poco de astucia podía aproximarse y cogerlo por la espalda.

Prestamente tomó su resolución. Comenzó a deslizarse entre las hierbas como una serpiente, alargándose lo más posible para no ser visto por Tremal-Naik y procurando no hacer ruido.

El ligero vientecillo que curvaba dulcemente las altas cimas de los bambúes producía un ligero roce, suficiente para cubrir el reptar del hombre.

Avanzando así y deteniéndose para aguzar el oído y mirar a Tremal-Naik, que no parecía darse cuenta de nada, logró llegar a la cabaña.

Caminó sobre la punta de los pies y se detuvo a diez pasos de Tremal-Naik. Dirigió una última mirada a la jungla y no divisó a nadie.

En sus labios apareció una sonrisa cruel y sus ojos brillaron como los de un gato.


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