Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Tremal-Naik sintió un estremecimiento de horror, el corazón le latió con vehemencia furiosa y se lanzó resueltamente hacia adelante, tambaleándose como un borracho, buscando con las manos las paredes.
A medida que avanzaba se sentía presa de un extraño aturdimiento. La sangre le subía a las orejas, el corazón le latía cada vez más precipitadamente y las llamaradas le subían al rostro. Había momentos en que le parecía que oía en lontananza algunas voces, algunos gritos estridentes como de personas torturadas; divisaba llamas e incluso sombras que se movían alrededor y giraban en las tinieblas.
Ni siquiera oía la voz de Kammamuri, que le suplicaba que frenase su paso. Por fortuna el retumbar de los truenos repercutía bajo las lúgubres arcadas sofocando el rumor de los pasos.
De repente el cazador de serpientes chocó contra un objeto agudo que le traspasó la ropa rozándole la carne. Se detuvo de repente, retrocediendo.
—¿Quién está ahí? —preguntó con voz estridente, empuñando el cuchillo y alzándolo.
—¿Qué has encontrado? —preguntó el maharata, que se preparaba a lanzar adelante a Darma.
—Alguien se encuentra cerca de nosotros, Kammamuri. Estáte en guardia.
—¿Has visto alguna sombra?