Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra El capitán no respondió en seguida. Se habÃa quedado bastante lúgubre y las lágrimas humedecieron sus ojos. Después dijo:
—Mi buen Bharata, es justo que lo sepas todo.
Se levantó, dio tres o cuatro pasos con la cabeza inclinada sobre el pecho y luego volvió a sentarse al lado del sargento.
—Era el año 1853 —empezó con voz que en vano se esforzaba para que sonase firme—. Mi mujer habÃa muerto hacÃa bastantes años, a causa del cólera, y me habÃa dejado una muchacha, bella, con los cabellos castaños y ojos grandes y dulces.
Permaneció algunos instantes en silencio como si le supusiera demasiada fatiga continuar; luego prosiguió.
—Una mañana la población de Calcuta se encontró presa de un vivo temor. Los thugs, o estranguladores como se dicen, habÃan fijado en los muros y en los troncos de los árboles unos manifiestos en los que advertÃan a los habitantes que su diosa requerÃa una muchacha para su pagoda. Sin saber por qué, me vi acometido por un gran temor; presagié una desgracia inminente. Aquella misma tarde hice embarcar a mi hija y la recluà dentro de los muros del fuerte William, seguro de que los thugs no llegarÃan hasta ella.
Miró fijamente a los ojos del sargento y concluyó: