Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra El thug estaba tranquilÃsimo, incluso una sonrisa afloraba a sus labios. Su mirada se posó inmediatamente con curiosidad sobre Tremal-Naik, que se habÃa puesto detrás del capitán.
—Y bien —dijo el capitán Macpherson con acento sarcástico—, ¿cómo has pasado la noche?
—Creo que la he pasado mejor que tú —respondió el estrangulador.
—¿Y qué has decidido?
—No hablar.
El capitán palideció y luego una ola de sangre le subió al rostro.
—¿No quieres hablar? —le preguntó con voz entrecortada por la ira.
—No, no hablaré.
—¿Hay un poste en el subterráneo? —preguntó entonces el capitán a Bharata.
—SÃ, capitán.
—Ataréis sólidamente a este hombre al poste y cuando el sueño le venza lo mantendréis despierto a alfilerazos. Si en tres dÃas no habla, haréis machacar sus carnes a latigazos. Si todavÃa se obstina, arrojaréis aceite hirviendo, gota a gota, en sus heridas.
Confiad en mÃ, capitán. Ayúdame, Saranguy.
El sargento y Tremal-Naik arrastraron afuera al estrangulador, que habÃa escuchado la sentencia sin que temblase un solo músculo de su cara.