Los Misterios de la jungla negra

Los Misterios de la jungla negra

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—¿Dónde estaba?

—Cerca de la tronera.

—Apostaría cien rupias contra una que es un amigo de Saranguy. Rápidamente, dos hombres a la bodega, o el bribón se nos escapa.

Tremal-Naik lo había oído todo. Cogió los dos vasos, los rompió, arrojó las flores blancas al ángulo más oscuro, escondió las rojas en su pecho y se tendió cerca del poste, reponiendo alrededor de su cuerpo las cuerdas y apretándolas lo mejor que pudo.

¡Lo hizo justo a tiempo! Dos cipayos armados entraron provistos de una antorcha resinosa.

—¡Ah! —exclamó uno—. ¿Estás todavía aquí, Saranguy?

—Cierra el pico, quiero dormir —dijo Tremal-Naik.

—Puedes dormir, querido amigo, y con toda tranquilidad, porque nosotros te velaremos.

Tremal-Naik alzó los hombros, se apoyó en el poste y cerró los ojos Los dos cipayos, habiendo colocado la antorcha en una grieta de la pared, se sentaron en el suelo con las carabinas entre las rodillas.

Apenas habían transcurrido unos minutos cuando Tremal-Naik advirtió que un agudo perfume le llegaba, aunque oliera también las flores rojas.

Miró a los dos cipayos: bostezaban de tal manera que parecía que les desencajasen las mandíbulas.


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