Los Misterios de la jungla negra

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XXIV. Asediados

No había terminado aún de hablar cuando en el corredor de abajo resonaron dos disparos seguidos por el grito de un moribundo.

Sin parar mientes en el peligro a que se exponía, Tremal-Naik se precipitó afuera de la puerta dando saltos de tigre y gritando:

—¡Nagor! ¡Nagor!

Nadie respondió a su llamada. El estrangulador que pocos minutos antes vigilaba ante la puerta ya no estaba. ¿Dónde se había ido? ¿Qué había sucedido?

Inquieto, pero resuelto a salvar a su compañero, Tremal-Naik se dirigió hacia la escalera. Un hombre, un cipayo, yacía en medio del corredor. Un reguero de sangre le salía del pecho y formaba en el suelo un charco que lentamente se ensanchaba.

—¡Nagor! —repitió Tremal-Naik.

Tres hombres aparecieron al fondo del corredor: corrían hacia la puerta. Casi al mismo tiempo se oyó la voz de Nagor que gritaba:

—¡Socorro! ¡Derriban la puerta!

Tremal-Naik descendió precipitadamente la escalera y descargó uno tras otro dos tiros de revólver. Los tres indios que avanzaban huyeron.

—¡Nagor! ¿Dónde estás? —preguntó Tremal-Naik.

—Aquí —respondió el thug—. Derriba la puerta; me han encerrado dentro.


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