Los Misterios de la jungla negra

Los Misterios de la jungla negra

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Con un furioso empujón, Tremal-Naik rompió las tablas. El estrangulador, contuso y ensangrentado, se precipitó fuera de su prisión.

—¿Qué has hecho? —preguntó Tremal-Naik.

¡Huye! ¡Huye! —gritó Nagor—. Tenemos a los cipayos a nuestros talones.

Los dos indios volvieron a subir la escalera y corrieron a encerrarse en la habitación del sargento. En el corredor retumbaron tres o cuatro disparos.

—Saltemos por la ventana —gritó Nagor.

—Es demasiado tarde —dijo Tremal-Naik, inclinándose sobre el antepecho.

Dos cipayos se habían apostado a doscientos metros del bungalow.

Viendo a los dos indios, apuntaron sus carabinas e hicieron fuego, pero no lograron alcanzarlos.

—Estamos prisioneros —dijo Tremal-Naik—. Hagamos una barricada en la puerta.

Esta, afortunadamente, era bastante gruesa y estaba provista de sólidos cerrojos. Los dos indios en pocos instantes acumularon tras ella los muebles de la habitación.

—Carga tus pistolas —dijo Tremal-Naik a Nagor. Dentro de poco nos asaltarán. Los cipayos saben que somos solamente dos. Pero, ¿qué has hecho? ¿Por qué ese alboroto?


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