Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Durante algunos instantes un silencio pavoroso reinó entre los cuatro hombres. Aquel inesperado obstáculo que les impedÃa proseguir la fuga los aterrorizaba.
—Comienzo a creer que estamos perdidos —dijo Tremal-Naik con sorda rabia—. ¿Qué podemos hacer ahora?
—No sé qué hacer —respondió el faquir—. Sin una antorcha no sabrÃa adonde dirigirme.
—¿Qué es lo que cierra la galerÃa?
—No sé si es una piedra o una puerta.
Tremal-Naik extrajo de su cinturón una pistola, caminó unos pasos hacia delante y con la culata del arma golpeó repetidamente el obstáculo. Un sonido metálico resonó en la tenebrosa galerÃa.
—Es una puerta de hierro —dijo el cazador de serpientes—. Quizás haya algún modo de abrirla. Busquemos a ver si hay un botón.
Hizo correr sus manos por aquella gran plancha metálica, por arriba, por abajo, por los dos lados, pero no encontró nada. La puerta era perfectamente lisa, sin la menor protuberancia.
—Nada. No hay nada que hacer —murmuró con voz ronca.
Reunió todas sus fuerzas y trató de empujar; esfuerzo inútil. Aquella puerta, que debÃa de ser maciza, no se movió.