Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Desde aquella altura sus ojos podían abarcar un gran espacio de la campiña circundante. A los últimos rayos del sol poniente, el brahmán podía observar las espléndidas orillas del río gigante, los campos que se extendían detrás de la pagoda con sus bosques de cocoteros, sus plantaciones de índigo y de algodón y sus arrozales, y podía distinguir también en lontananza la Ciudad Blanca y Negra, yaciendo blandamente en la orilla izquierda del Ganges. El sol se ocultaba en medio de un océano de fuego, haciendo flamear con sus últimos rayos las aguas del sagrado río y las cúpulas de las innumerables pagodas que se erguían entre el verde oscuro de las palmas, los tamarindos, los cocoteros, los tara y los banian.
Por el aire, limpio como rara vez se puede ver en nuestros climas y centelleante por el reflejo de las aguas y del ocaso del sol, volaban alborotando bandadas de marabúes, fúnebres aves del Ganges que se nutren de los cadáveres que los indios abandonan en la corriente sagrada para que vayan más directamente al paraíso de su divinidad; y bandadas de cuervos, cigüeñas, bozagros y ánades.
Por el agua se deslizaban graciosamente barcas de todas formas, de las que se elevaban las monótonas cantinelas de los remeros.