Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Las facciones de la muchacha se contrajeron súbitamente.
—Tremal-Naik —murmuró con voz apagada—, quisiera ser tu mujer, pero el dÃa en que un hombre me toque el lazo de los vengadores acabará con mi vida.
El llanto ahogó su voz y su cara se llenó de lágrimas. Tremal-Naik lanzó un sordo rugido y apretó los puños.
—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó, profundamente conmovido—. Tus lágrimas me hacen daño. Dime lo que he de hacer; manda y yo te obedeceré como un humilde esclavo. ¿Quieres que te lleve lejos de aqu�
—¡Oh, no, no! —exclamó la joven con terror—. SignificarÃa la muerte de ambos.
La jovencita callaba, sollozando. Tremal-Naik la atrajo suavemente hacia sà e iba a hablar cuando fuera resonó la aguda nota del ramsinga.
—¡Huye! ¡Huye, Tremal-Naik! —exclamó la muchacha, fuera de sà por el miedo—. ¡Huye o estamos perdidos!
—¡Maldita trompeta! —bramó Tremal-Naik apretando los dientes sin moverse.
—¡Huye, desdichado, huye!
Por toda respuesta, Tremal-Naik recogió la carabina que estaba en el suelo, y la armó. La muchacha comprendió que aquel hombre era imperturbable.
—¡Ten piedad de mÃ! —dijo con angustia.