Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Ada salió de la pagoda, todavÃa conmovida, con la cara húmeda de lágrimas pero con ojos que brillaban con altivez, y entró en un pequeño salón cubierto de esteras pintadas y decorado con monstruosas divinidades, parecidas a las ya descritas. No faltaban en la habitación la serpiente con cabeza de mujer, la estatua de bronce de horribles facciones y la balsa de mármol blanco con el pececillo amarillo.
HabÃa entrado ya un hombre, que se paseaba de un lado a otro con visible impaciencia. Era un indio de gran estatura, delgado como un bastón, de facciones enérgicas, mirada relampagueante y feroz y barbilla cubierta por una pequeña barba negra y enmarañada. Llevaba una rica capa de seda amarilla bordada en oro, con un misterioso emblema en medio. Sus brazos, desnudos, estaban cubiertos de cicatrices blancas y curiosos signos, indescifrables hasta para un indio.
Al ver a Ada el hombre se detuvo de golpe, lanzándole una mirada de un brillo extraño, y sus labios esbozaron una mueca que infundÃa miedo.
—Salve, Virgen de la pagoda —dijo arrodillándose ante la jovencita.
—Salve, gran jefe predilecto de la divinidad —replicó Ada con voz temblorosa.
Ambos callaron, mirándose fijamente.