Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —Siento que va a suceder algo —dijo en voz baja— pero demostraré quién es Tremal-Naik cuando lucha.
Examinó las pistolas y la carabina, asà como la hoja de su fiel puñal teñido más de cien veces por la sangre de serpientes y tigres, y se acurrucó detrás de la monstruosa estatua, tratando de ocupar el menor espacio posible.
Pasó el dÃa con extraordinaria lentitud para el indio, condenado a una inmovilidad casi absoluta y a un ayuno forzado. Después, poco a poco, las sombras de la noche invadieron los rincones más obscuros de la pagoda y se elevaron gradualmente hacia la cúpula; a las nueve la oscuridad era tan profunda que no se podÃa ver a un paso de distancia, aunque la luna brillaba en el cielo, reflejándose en la gran bola de bronce dorado y en la serpiente con cabeza de mujer.
El ramsinga no habÃa repetido sus fúnebres notas y el murmullo habÃa dejado de oÃrse hacÃa mucho rato. Reinaba en todas partes un silencio profundo.
Tremal-Naik, sin embargo, no se atrevÃa a moverse, excepto para apoyar el oÃdo en las frÃas losas de la pagoda y escuchar con profunda atención.
Una voz secreta le aconsejaba velar y desconfiar, y pronto se dio cuenta de que aquella voz no mentÃa, pues hacia las once, cuando más densas eran las tinieblas, llegó hasta él un ruido extraño, no definible.