Los Misterios de la jungla negra

Los Misterios de la jungla negra

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Se le escapó de los labios un grito ahogado.

—¡El señor! —exclamó—. ¡Oh, malditos!

En efecto, aquel hombre era Tremal-Naik. Tenía los ojos cerrados, la cara terriblemente alterada y, clavado en el pecho, un puñal. Su ropa estaba toda manchada de la sangre que salía todavía de la profunda herida.

—¡Señor! ¡Pobre señor! —sollozó el maharata.

Apoyó las dos manos sobre su cuerpo y se estremeció como si hubiera tocado una pila eléctrica. La parecía haber sentido cómo latía el corazón.

Acercó el oído y escuchó atentamente, conteniendo la respiración. No se equivocaba: Tremal-Naik no estaba muerto todavía.

—¡Le salvaré! —murmuró el fiel servidor—. Adelante, Kammamuri: actúa sin perder tiempo.

Con precaución le quitó a Tremal-Naik el kurly, dejando al descubierto el ancho pecho. Tenía el puñal clavado entre la sexta y la séptima costilla pero no le había tocado el corazón.

La herida era terrible, pero Kammamuri, que entendía más que un médico, sabía lo que debía hacer.

Cogió delicadamente el arma y lentamente, sin movimientos bruscos, la extrajo de la herida: salió un chorro de sangre caliente y roja. Era buena señal.

—Se curará —dijo el maharata.


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