Los Misterios de la jungla negra

Los Misterios de la jungla negra

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Arrancó un trozo del kurly y detuvo la hemorragia, que podía ser fatal para el herido.

Ahora se trataba de buscar un poco de agua y hojas de youma para exprimirlas sobre la herida y acelerar la cicatrización.

—Hay que alejarse de aquí a toda costa para encontrar algún estanque —murmuró el maharata—. Tremal-Naik es fuerte, un hombre de acero, y soportará el transporte sin que se agrave la herida. Animo, Kammamuri.

Reunió todas sus fuerzas, lo levantó en brazos lo más delicadamente que pudo, se alejó tambaleándose y se dirigió hacia el este, es decir, hacia el río.

Descansando cada cien pasos para tomar aliento y para ver si su amo continuaba dando señales de vida, sudoroso, sosteniéndose a duras penas sobre sus piernas, Kammamuri recorrió más de una milla y se detuvo a orillas de un estanque de agua cristalina, rodeado por una triple fila de pequeños bananos y cocoteros.

Dejó al herido sobre una densa capa de hojas y aplicó retales mojados a la llaga sanguinolenta. Al sentir aquel contacto salió de los labios de Tremal-Naik un débil suspiro que parecía un gemido ahogado.

—¡Señor! ¡Señor! —llamó el maharata.

El herido agitó las manos y abrió los ojos mirando a Kammamuri.

Un rayo de alegría iluminó su rostro de bronce.


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