Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —¿Me reconoces, señor? —preguntó el maharata.
El herido hizo un signo afirmativo con la cabeza y movió los labios como para hablar, pero no articuló más que un sonido confuso, incomprensible.
—No puedes hablar todavÃa —dijo Kammamuri—. Puedes estar seguro señor, de que nos vengaremos de esos miserables que te han dejado asÃ.
La mirada de Tremal-Naik brilló como el fuego y apretó los dedos, arrancando las hojas. Lo habÃa entendido sin duda.
—Calma, calma, señor. Ahora buscaré unas hierbas que te irán muy bien: dentro de cuatro o cinco dÃas abandonaremos estos lugares y te conduciré a la cabaña para que termines de recuperarte.
Le recomendó otra vez silencio e inmovilidad total, buscó entre las hierbas en un radio de veinte o treinta pasos para asegurarse de que no escondÃan ninguna de las terribles serpientes llamadas rubdira mandali[8] cuya mordedura hace, como se suele decir, sudar sangre, y se alejó arrastrándose.
Poco después encontró algunas plantas de youma[9], vulgarmente llamada lengua de serpiente, cuyo jugo es un bálsamo valiosÃsimo para las heridas.
Recogió una buena cantidad y se disponÃa a volver, pero después de unos pasos se detuvo con las manos en las culatas de las pistolas.