Los Tigres de la Malasia
Los Tigres de la Malasia Damna, la gentil y graciosa anglo-india, se había reunido con su padre y con Yáñez. También los tigres de Mompracem estaban en la terraza, con las carabinas apoyadas en el parapeto, por temor de alguna sorpresa por parte de aquellos salvajes, en los cuales no tenían confianza alguna.
El peregrino avanzaba hacia el ara de piedras, convertidas en ascuas después de dos horas de fuego continuo.
Levaba puesto el turbante verde, y la cara cubierta con un pedazo de seda del mismo color. Vestía una especie de camisa muy ajustada, de nanquín amarillo, que le llegaba hasta las rodillas, y tenía los pies desnudos.
-O ese hombre es un gran embustero, o es una verdadera salamandra- dijo Yáñez.
-¿No pasean también los faquires indios sobre tizones ardientes, en lugar de hacerlo sobre piedras calentadas?- dijo Tremal-Naik-. ¿No te acuerdas de la fiesta de Damna Ragiae, donde conociste a la adorable Surama, la sobrina del rajá de Gualpara?
-¡Por Júpiter! ¡Es verdad; me acuerdo!- contestó Yáñez.
-También en aquella fiesta los fanáticos corrían sobre las brasas.