Los Tigres de la Malasia

Los Tigres de la Malasia

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-Pero salían tostados de aquel infierno, mientras que este demonio de peregrino promete que paseará sobre esas piedras, puestas al rojo blanco, sin que le suceda nada.

-Ya lo veremos, Yáñez, a menos que sea un gran faquir.

-¡Abre los ojos, Damna!- dijo Yáñez viendo que la muchacha se inclinaba sobre el parapeto-. ¡No me fío de esos bribones!

-¿Qué teme usted, señor Yáñez?

-¡Eh! Un tiro de fusil dispara pronto.

-A la vista no. ¡Adelante, señor descendiente de Mahoma! ¡Mostradnos vuestro milagro!

El misterioso adversario de Tremal-Naik había llegado al ara de piedras, que debían despedir un calor intolerable.

Se recogió un instante en sí mismo con las manos levantadas y fija la mirada hacia Oriente, o sea en dirección del lejano sepulcro del profeta; movió los labios como si rezase, y enseguida se lanzó resueltamente, gritando tres veces de un modo estentóreo:

-¡Alá! ¡Alá! ¡Alá!

Con paso seguro, insensible al horrible calor que salía de las piedras, desnudas las piernas y los pies, avanzó sobre el ara a paso lento, sin proferir un gesto que revelase el menor dolor.


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